Amar a Dios y amar al prójimo; si estos dos mandamientos pudieran convertirse en mi modo de vida, mi religión sería simple, humilde, sin argumentos ni complicaciones. No podemos perdernos, ni permitir que la vida se siga enredando en tantas cosas que nos están deshumanizando.

El fin de la vida es *amar a Dios y amar al prójimo*.

Si amamos a Dios, lo veremos entonces en los otros y los trataremos con respeto y dignidad. No heriremos a nuestros prójimos, sino que haremos todo lo posible para vivir en paz con ellos. Si hiciéramos todos esto, imaginen que maravilloso sería el mundo. Repitámoslo hoy,  tengo un tesoro en mi corazón, que es el amor sin límites de Dios por mí, esto debo compartirlo, esta sea mi alegría y mi gozo.

Eco del Evangelio

23/08/2019

P. Pedro Pablo Garín